Señora y Madre de Dios,
que aunque estás de gracia llena,
sufres y lloras rezando
el rosario de tu pena.
Arrepentido, te imploro
que riegues el pecho mío
con lluvia de bendiciones,
como un celestial rocío.
Yo también tengo un calvario:
no me dejes, ven conmigo,
Madre mía del Rosario.
José María González de Quevedo